Entre los almanaques cumplidos y los años bisiestos, esta crónica recorre amores, trabajos, naufragios y humor; celebra la memoria, la edad y el privilegio de seguir viviendo y contando historias.

NATALICIO
Almanaque de vida

Por José Orellano
Dos años tenía yo cuando llegó mi primer año bisiesto. Debo esperar otros dos para el próximo.
A mis 76 años, he vivido el día a día en 666.216 horas, es decir, en 27.759 días.
He contado 19 años bisiestos, que suman 6.954 días, dentro de un período de 76 años, que los 57 restantes se han consumado en 20.805 días.
Si me pusiera a traspasar los límites y considerara que —verdad de Perogrullo— el almanaque y el reloj se dan la mano, precisaría que, a pasos aparentemente lentos en el reloj, pero literalmente inamovibles en el almanaque quemado, acumulo treinta y nueve millones novecientos setenta y dos mil novecientos sesenta (39.972.960) minutos de vida. En ellos, a estas alturas, se acomodan mis 73 kilos de peso y mis 1,64 metros de estatura, que hasta hace poco eran 1,68. Es decir, ¡me he resumido 4 cm!

Son dos mil trescientos noventa y ocho millones trescientos setenta y siete mil seiscientos segundos (2.398.377.600) transcurridos, latido tras latido de mi corazón, con la certeza de que el calendario —y nadie más— ha sido testigo de excepción de mi existencia. Me ve arribar, aún dinámico y bailador —vivito y coleando—, a mis 76 años este 7 de noviembre, día en que la Iglesia católica celebra a más de una docena de santos y beatos, la mayoría de ellos con nombres que bien podrían figurar como castigo eterno para quienes, por decisión superior, lleguen a portarlos.
¡A Dios gracias, papá y mamá como que no se fijaron en el santoral para bautizarme! Jamás les hubiera perdonado que entre los nombres susceptibles de haber quedado estampados en mi partida de bautismo —en medio de esa costumbre que ya arrancaba de poner nombres raros a los pelaos— hubieran escogido un par de estos: san Prosdócimo de Padua, san Wilibrordo o Villibrordo, san Herculano de Perugia, san Atenodoro de Neocesarea y san Engelberto de Colonia.
Entre los restantes en esa página «santoraliana» figuran san Ernesto y los beatos Francisco Palau y Quer y Antonio Baldinucci. Uno de ellos complementa mi gracia: Francisco.

Y es que yo conocí en Soledad, mi pueblo, a un tal Walabonso y a otro tal Waldrido. Nombres que recreé en mis pensamientos con propósitos literarios, en un viaje de sueños que han muerto primero.
Soy José Francisco Orellano Niebles —¿qué tal Herculano Atenodoro Orellano Niebles?— y llegué al mundo el 7 de noviembre de 1950. Con el padrinazgo y el madrinazgo de Ángel María Niebles Monsalvo y Cecilia Ramírez, me llevaron a la pila bautismal a mis seis meses de nacido. Después, al diligenciarse en la casa cural del pueblo el asiento en los libros de mi cumplimiento del primer sacramento para iniciarme como cristiano, el sordo anciano centinela de la fe, párroco de Soledad, escribió septiembre. Y así lo dejamos para la partida de bautismo, el registro civil, la libreta militar, la cédula de ciudadanía, el pasaporte y toda la parafernalia documental o de identificación que exige fecha de nacimiento. O sea que, al año, cumplo dos veces y, civilmente, este sábado estoy en los 76 años y dos meses.
No me quejo de mis 76 cumplidos —papá diría “cumplo 67”, invertía—, mucho menos de mi vida sentimental, aunque debo admitir, mea culpa, que hace más de 30 años, cuando era un bohemio de pasos equivocados, un borracho casi inmarcesible —con la salida de esa inmensa copa puesta en duda—, no medía mis comportamientos en pareja. Varias relaciones sentimentales vividas y compartidas terminaron yéndose a pique por mi reprochable conducta, lo asumo.
Me han amado, me han odiado, me han calumniado —maledicencia sin retorno— y me declaro eterno enamorado del amor y admirador a ultranza de la mujer. Tres son mis hijas, cuatro fueron mis hermanas —aún me sobrevive Maritza—, mamá, mi apreciada suegra, dos abuelas, un buen número de tías y cualquier cantidad de amores. ¡Vaya mujer! ¡Bella mujer!
Soy un enamorado del amor, lo reitero, de “corazón amplio” siempre dispuesto, convencido de que el amor no se agota en una mujer o en una relación. Irremediable romántico, incluso después de los naufragios, suelo reincidir sentimentalmente y soy, o era, de entrega inmediata, sin miramientos: “Hasta aquí llegué contigo y me voy con…”. Gossaín solía decir en Bogotá que “en Barranquilla tengo un amigo que para acostarse con una hembra, tiene que sacarla a vivir”. Y es que mi corazón siempre ha latido con vocación de estreno, aunque haya vivido, tropezado, naufragado y vuelto a zarpar. A alguna de todas ellas la he declarado ¡”el amor de mi vida”…

A estas alturas de mi cuento cumplimentero, no dudo en precisar que, de todo lo vivido al respecto, nunca podré olvidar un pasaje de amor puro, prolongado durante varias semanas: mis recostadas de mediodía debajo de un palo de roble en formación, en el bulevar de la calle 72 de Barranquilla, esperando la salida de la única novia oficial que tuve en el pueblo.
Amor sano, puro, sí. Ella es maestra y dictaba clases en un colegio ubicado a un costado de aquella avenida. Yo me escapaba de mi trabajo en Diario del Caribe, iba hasta allí y la esperaba. Luego la acompañaba en bus hasta donde ella abordaba el que la llevaría a Soledad. Después regresaba a mi trabajo. Todo por un par de besos, no más.
¡Lindo amor! Se acabó cuando irrumpió, arrollador y desafiante, otro amor mucho más grande.
Mis derrotas sentimentales jamás clausuraron el muelle de mis afectos y desde allí estibo, religiosamente, para importar o para exportar amor, para dar y para recibir. Y El Muelle Caribe termina siendo, a la postre, un homenaje a mi muelle sentimental, así doña Luz me haya dicho más de una vez: “¡Pórtate bien!”. Y es que, digo yo, 42 años hablan por sí solos. Sin embargo, ante ella no perdí jamás la fe en las mariposas —aquellas que vuelan en el estómago—, aunque alguna vez yo haya confundido el vuelo con la caída.

Milena Margarita Orellano Salas, José Francisco y Alfredo Orellano Ripoll, Leonardo José Orellano Vargas y Laura Carolina y Claudia Marcela Orellano Silva llevan mi sangre y mi apellido. El último en asumirlo, motu proprio, hace un par de años, fue Leonardo José. Existen dos más, cuyas madres asumieron por completo la responsabilidad de aquellas inolvidables noches de amor y de pasión. No me declaro padre excepcional, ni hipócritamente amoroso, seis son mis vástagos reconocidos.
Laboralmente —más que profesionalmente— tampoco tengo por qué quejarme. De preadolescente recogí y vendí cagajón de vaca a abuelas y tías, quienes lo utilizaban como abono de jardín, para financiar mi afición por el cine en los teatros abiertos del pueblo, el Olimpia y el Colón… Mientras estudiaba en la Universidad del Atlántico, a los 19 años, dictaba clases en el Colegio Oficial de Bachillerato Masculino de Soledad, Codesol… Tras haber prestado el servicio militar y escrito para oficiales discursos patrioteros, ingresé al periodismo remunerado en 1973, en Barranquilla, como redactor deportivo de Diario del Caribe, tras un año largo de prácticas, de aprendizaje empírico, autodidacta en ese medio… Redactor, coordinador y jefe de redacción de El Heraldo en diversas épocas… Jefe de redacción fundador del diario La Libertad… Director del Noticiero Televista en Telacaribe… En Santa Marta, jefe de redacción, subdirector y editor de El Informador, en tres temporadas diferentes, en una de ellas, director de noticias de El Informador Galeón, de Telecaribe… En Valledupar, subdirector de El Pilón… Y en Bogotá, jefe de prensa de UTL en la Cámara de Representantes y director propietario de El Muelle Caribe… ¿Qué más puedo pedir?
No tengo plata, porque no quise. A mis 25 años me ofrecieron 300 mil pesos para publicar una crónica en la revista Vea, que para entonces era judicial y yo fungía como su corresponsal en la Costa y firmaba como Francisco Niebles. ¡300 mil pesos en 1975! ¡Por Dios! Era la época de la bonanza marimbera y el dinero circulaba a borbotones. Preferí seguir siendo cargaladrillos en El Heraldo. Y aquí sigo, ¡vivo!
También guardo hermosos recueros en lo deportivo: jugué béisbol: pitcher y short stop en la novena “Nueve estrellas” de Soledad, subcampeona, en el estadio Tomás Arrieta, y jugué futbol en el estado Romelio Martínez y microfutbol en importantes canchas de barrios en Barranquilla, defendiendo desde el arco los colores de El Heraldo, al lado de Gossain, de Lajud Catalán, de Eusse Marino, y en fin.

En ese mi quehacer periodístico, solo un acontecimiento de envergadura superior remarcó la fecha de mi cumpleaños: la toma del Palacio de Justicia, que se desarrolló entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985. Radio, televisión y llamadas a larga distancia fueron “soporte tecnológico” para el cubrimiento periodístico del hecho, que, de un momento a otro, llegó a tomar carácter de local. Había de dolerle al pueblo del Magdalena la muerte del magistrado samario José Eduardo “Pepe” Gnecco Correa, ocurrida en aquel acto terrorista ejecutado por la guerrilla del M-19. En ese momento, yo era jefe de redacción de El Informador, mi primera temporada.
No más de dos alusiones a mi oficio de periodista en 54 años de ejercicio, que esta nota no es otra cosa sino un registro loco de cositas de la vida de este mancito que, como dicen por ahí, está de plácemes por su cumpleaños.
Para este sábado, tengo invitación de doña Luz y de mi hija Clau para celebrar, donde yo quiera, la llegada de este nuevo año de vida que el 77 comienza este 7 de noviembre, en medio de alertas “amigas” de que el que cierra hoy es un año menos por vivir. Sin embargo, me apego a aquello que dice que “con lo vivido y lo bailao, nadie me quita lo viajao”. Y me aferro a una verdad incuestionable: estrenaré otro almanaque, que a lo mejor vendrá repleto de historias por contar, de lectores con quienes compartirlas y con mucho tinto pendiente.
A manera de giro periodístico, cierro con los diecinueve años bisiestos que, hasta hoy, he vivido. Corresponden a los almanaques de 1952, 1956, 1960, 1964, 1968, 1972, 1976, 1980, 1984, 1988, 1992, 1996, 2000, 2004, 2008, 2012, 2016, 2020 y 2024.
¿Cuántos más veré pasar?
…
“¡Feliz cumpleaños anticipado, periodista amigo! Que los próximos días sigan dándote motivos para escribir, mi loco querido”, se asdelanta a desearme desde Puerto Colombia una admiradora, amiga entrañable —amor fugaz setentero—, de esas que lo dan todo sin esperar nada a cambio.

