Voto y mujeres

Voto y mujeres

Rebeca-Montes —Área Rosa— reivindica la libertad del voto femenino, explora el peso de la intuición en política y defiende la capacidad de las mujeres para decidir sin tutelas ni prejuicios.

Imagen de portada: Ilustración con IA que evoca las fuerzas, percepciones e intuiciones que pueden movilizar la decisión electoral desde el sexto sentido femenino.

Si las imágenes de campaña no engañan, millones de mujeres colombianas encontraron en Abelardo De la Espriella una razón suficiente para depositar en él su confianza electoral. No dispongo de estadísticas definitivas que permitan determinar cuántas votaron por el candidato de la derecha, pero la presencia femenina en sus concentraciones, recorridos y manifestaciones fue demasiado evidente como para pasar inadvertida.

Y esa realidad merece una reflexión serena.

Como feminista, me niego a creer que semejante respaldo obedezca a una subordinación intelectual de las mujeres frente a un liderazgo masculino. Me resisto a pensar que millones de colombianas hayan depositado su voto motivadas por expresiones de machismo, por desplantes de virilidad o por episodios desafortunados que reducen la política a la anatomía.

Pensar así, sería profundamente injusto con las mujeres de este país.

Prefiero creer que ellas vieron algo más. Que esos millones de mujeres están actuando sobre la base de lo que le anuncia su sexto sentido.

Quizás interpretaron señales que muchos hombres no alcanzaron a percibir. Quizás identificaron determinación donde otros observaron arrogancia. Quizás encontraron seguridad donde otros detectaron exceso de confianza. O quizá concluyeron, acertada o equivocadamente, que el candidato representa una posibilidad de cambio frente a un país agotado por las frustraciones acumuladas.

Las mujeres no son una masa uniforme ni votan como rebaño. Son ciudadanas capaces de evaluar, comparar, aprobar o rechazar candidatos con la misma autonomía que cualquier hombre. Por eso me incomoda cuando algunos sectores sugieren que una mujer que vota por un candidato conservador está actuando contra sus propios intereses. Esa afirmación resulta tan paternalista como las viejas ideas que el feminismo ha combatido durante décadas.

Ahora bien, tampoco podemos ignorar otro fenómeno que parece haber jugado un papel importante: el magnetismo cultural.

Abelardo De la Espriella encarna, en buena medida, una versión muy visible del hombre Caribe expansivo, teatral y exuberante. Habla fuerte. Gesticula. Sonríe. Improvisa historias. Convierte cualquier conversación en espectáculo. Se mueve con la confianza de quien supone que nació para ocupar el centro del escenario. Su imagen está cuidadosamente construida para ser recordada.

Ese estilo conecta emocionalmente con amplios sectores de la sociedad colombiana.

Conecta con mujeres, pero también con hombres. Conecta con jóvenes, pero especialmente con muchos adultos mayores que crecieron admirando figuras públicas de fuerte presencia, capaces de llenar una plaza con carisma antes que con complejos discursos técnicos.

No es un fenómeno exclusivamente costeño. Esa manera de hacerse notar ha trascendido las fronteras regionales. Hoy puede encontrarse en Bogotá, en Santander, en Boyacá, en Cauca o en Nariño. El espectáculo político se ha nacionalizado y quienes dominan ese lenguaje suelen obtener ventajas evidentes en una época donde la atención pública dura apenas unos segundos.

Sin embargo, cuando hablo del llamado sexto sentido femenino no me refiero a una misteriosa facultad para enamorarse de candidatos carismáticos. Hablo de esa capacidad, tantas veces demostrada por las mujeres, para detectar lo que se esconde detrás de las palabras; para distinguir entre el personaje y la persona, entre la puesta en escena y las verdaderas intenciones del poder.

Por eso quisiera creer que millones de colombianas no solo están observando a Abelardo De la Espriella. Quisiera creer que también están observando con igual atención a Iván Cepeda y al proyecto político que representa desde la izquierda.

Porque en esta elección no basta con dejarse impresionar por quien mejor ocupa el escenario. Tampoco por quien mejor interpreta el papel de redentor de los inconformes. Tanto la derecha como la izquierda avanzan hacia el Solio de Bolívar convencidas de poseer la fórmula para conducir a Colombia hacia un mejor destino. Ambas campañas ofrecen esperanza. Ambas despiertan temores. Ambas movilizan emociones.

Y precisamente allí es donde el sexto sentido puede resultar más útil que nunca.

No para elegir al candidato que más seduce. No para dejarse conquistar por el volumen de una voz, por la elegancia de una corbata, por la fuerza de un discurso o por la intensidad de una consigna. Tampoco para decidir entre un rugido o una promesa.

Su verdadera utilidad consiste en identificar cuál proyecto político se acerca más al país que las mujeres desean para ellas, para sus hijos, para sus nietos y para las generaciones que vendrán.

El feminismo, después de todo, no consiste en decirles a las mujeres por quién deben votar. Consiste en defender su capacidad de decidir libremente, informadamente y sin tutelas de ninguna naturaleza.

Por eso no me preocupa que millones de mujeres hayan encontrado razones para acompañar a Abelardo De la Espriella. Tampoco me preocuparía que millones decidieran respaldar a Iván Cepeda. Lo verdaderamente importante es que esa decisión provenga de la reflexión y no de la fascinación; del análisis y no del embrujo electoral que suelen producir los tiempos de campaña.

Al final, el reto para Colombia no consiste en descubrir quién ruge más fuerte ni quién emociona más a las plazas públicas.

El reto consiste en identificar quién gobernará mejor cuando se apaguen los micrófonos, desaparezcan las caravanas, terminen los abrazos multitudinarios y el país despierte, una vez más, frente a la exigente realidad.

Que prevalezca entonces el sexto sentido. No para adivinar el futuro, sino para elegirlo.

Y si, por cualquier razón, ese sexto sentido conduce al voto en blanco, también sea bienvenida esa decisión. Después de todo, la democracia no se fortalece por el sentido de una elección, sino por la libertad con que se ejerce.