Sangre butifarrera

Sangre butifarrera

A seis días y cinco meses de compartir fecha con San Antonio, José Orellano reconstruye, entre nostalgia, humor y memoria popular, un retrato entrañable de Soledad: personajes, fiestas, amores, costumbres.

Imagen de portada: Sin comentario.

Algunos pasajes del discurrir de la vida del autor en la tierra que lo vio nacer y que lo hace gritar orgulloso: “¡Soy soledeño, carajo!”

Por José Orellano

Quedaron faltando 6 días para haber nacido un 13 y sobraron 5 meses para que no fuera en junio

Con el discurrir de los quinquenios caí en la cuenta de que —y tengo que admitirlo— mi padre me engendró o mi madre me concibió durante una noche de carnestolendas, en aquel febrero que partía en dos el siglo XX.

Mis primeros meses de gateo transcurrieron en ‘La casita de paja’, donde tuve la dicha de nacer un 7 de noviembre, en ‘La carretera’, junto a ‘El callejón del pilón moderno’, en la calle 18 con carrera 23 de Soledad. Al frente se levantaba el caserón del diputado Luis De la Hoz Baca; al lado, la ‘Escuela de portón’ de la Niña Ignacia Ferrer, quien, cuando yo tenía cinco años, me enseñó las grafías de la cartilla de cartón, aquel abecedario de cuadritos amarillos, azules y rojos con letras negras.

Ahí nacía ‘El callejón del pilón moderno’.

También me condujo por los senderos de ‘La alegría de leer’ y —regla en mano— me enseñó las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir. Y a llorar riendo cuando, travieso como era, encontraba la manera de burlarme de ella soportando el castigo en tal estado, como una forma de aplicarle algún desquite infantil a la recia autoridad de la Niña Ignacia.

Fui creciendo feliz en ‘La casita de paja’ hasta los siete años. Después iniciamos una suerte de peregrinaje familiar —nomadismo doméstico o trashumancia barrial— por distintas casas del pueblo, hasta llegar a la propia, en la calle 20, al lado de la esquina de Lucío De la Hoz. En aquellos años vivió con nosotros mi primo Marco Tulio, varios años mayor que yo, compañero de juegos, aventuras y travesuras.

Aún conservo en la memoria la dolorosa nitidez de aquella secuencia de imágenes: la perversidad de corte zoofílico de mi primo, episodio que terminó sellando el destino de una gallina jabá, encontrada después con la cabecita destrozada bajo un pesado listón. Por fortuna, las sospechas de papá, Francisco Javier, evitaron que el cadáver del animal acabara en la cazuela, hirviendo sobre la chispeante llama de nuestro fogón de leña y servido, sobre hojas de plátano, a la hora del almuerzo.

Recreación IA: el niño de 6 años, enamorado, que lleva butifarras a la bella maestra.

A los seis años inicié mis estudios oficiales en la escuela Avianca, ubicada varias cuadras más arriba por el mismo callejón de ‘El pilón moderno’, en la calle Cocosolo. Allí se produciría el primer gran destape de lo que, a lo largo de mi existencia, ha sido un corazón amplio: a mis seis años me enamoré perdidamente de mi maestra, la seño Miriam Manotas Cabarcas.

Todos los días se bajaba del bus en la esquina de mi casa —yo la esperaba con ansias— y me llevaba de la mano hasta la escuela. Una mañana me regaló un beso cerca de la comisura de los labios, sobre la mejilla derecha, y aquello bastó para dejarme prendado para siempre. Todavía hoy, algunas noches, me parece percibir su aroma.

Un sentimiento parecido despertaría después en mí la seño Minerva Mercado, cuando cursaba tercero de primaria en la escuela Alejandro M. Rosales, conocida entonces como ‘Salcedo’, en el barrio del mismo nombre. ¡Ah, cómo evoco aquellas tardes de sábado o mañanas de domingo en que mi padre me llevaba hasta su casa, en el barrio Las Nieves de Barranquilla, y yo le obsequiaba una bandejita de butifarras con bollo de yuca compradas a Segunda Alvarino! ¡Cómo lloré el día en que supe que se había casado con el detestable —¿qué otra razón de peso?— profesor Vizcaíno!

Cuán feliz hubiera sido yo de haber nacido un 13 de junio, día de San Antonio de Padua, patrono de la comarca. Así podría subrayar lo superlativo de mi soledeñismo y restregárselo en la cara a quien osara ponerlo en duda, siquiera en broma.

La iglesia San Antonio de Padua: bautismo y confirmación y misa de cuerpo presente por familiares fallecidos.

Soy soledeño integral. Nunca he dejado de sentirme soledeño, aunque viva en Bogotá.

Y en mi condición de soledeño, evoco con felicidad aquellos años en que mi tía Lorenza me alistaba de madrugada para asistir a la misa del Santo Patrono. Alguna vez me enfundó en una camisa confeccionada por sus propias manos, de cuadros blancos y distintas tonalidades de verde, que tenía una singular imperfección: un pequeño retazo agregado en el cuello rompía la secuencia del estampado.

Siempre supuse que aquel remiendo obedecía a la escasez de tela y nunca imaginé que se tratara de un simple descuido de costurera. Lo cierto es que, cada vez que me la ponía, sentía que estrenaba la mejor camisa del mundo, aunque mis compañeritos de escuela se burlaran del “añadido”.

Como soledeño, aseguro que vivíamos felices con nuestros maricas, en aquellos tiempos de mi niñez y adolescencia en que todavía no escuchábamos la denominación gay.

Recuerdo nombres y apellidos: Juan De la Cruz, el decano; Abraham, Marquitos, Ortiz, Benjamín, Eduardo, ‘Maretira’, Rambao, Rolandi, ‘Coro’ y su aporte a la toponimia soledeña: ‘La loma del Coro’, aquella pendiente sobre la cual se levantaba su casa.

El Museo Bolivariano, escenario para un evento de 13 de junio en Soledad, que está de fiesta patronal.

De dos de ellos no he podido borrar la imagen que dejaron en mí. La de Juan De la Cruz, dándole vueltas a los fritos en el caldero de una venta callejera a orillas de ‘La carretera’, ganándose los pesos con los que después, en las orillas del caño, atendía a sus conquistas juveniles. Y la de Marquitos, caminando orondo por las calles del terruño mientras me gritaba: “¡Algún día será!”

Murió esperando ese día, porque nunca fue.

‘Jopo’e yegua’ y Jairo serían maricas para otra generación.

Y recordando el caño —cuando no era el muladar que es hoy— vienen también a mi memoria Rosa ‘La Plancha’ y María Cañón, las dos putas públicas del pueblo. Las recuerdo en edad avanzada.

De Rosa permanece, además, su historia con Gustavo Fuentes, ‘El maestro copón’, de quien se decía —ya murió— que era burreramente bien mandado en su tercera pata. ‘El tino’ le quedaba chiquito.

El otrora Codesol: aquí se cursó el bachillerato.

Rosa ‘La Plancha’ y María, en una apretada casita blanca o en los botes que atracaban en el puerto soledeño —zona del mercado público—, servían de refugio transitorio para las urgencias del despertar sexual, sofocando los incendios hormonales de la muchachada masculina del pueblo. Aunque tambien las rondaban mayores putañeros.

Insisto: no había “gais” en el léxico soledeño.

Lo que sí resaltaba en cada 13 de junio, durante las fiestas patronales de San Antonio, era que el pueblo se llenaba de maricas.

Era la fiesta de las ruletas mil; de las varas de premio, altas y engrasadas; de los rines de boxeo y el árbitro el señor Barragán; de las carreras de saco; de los partidos de fútbol en la cancha España; de los circuitos ciclísticos que casi siempre ganaba Israel Miranda Miranda; de las carreras hípicas en Cocosolo; de los hermosos castillos pirotécnicos de Alejandro Martínez, de las presentaciones de ‘Los corraleros de Majagual’.

Y, de alguna manera, era también la fiesta de los maricas.

Cuando va a Soledad, el cronista retrata algo de las expresiones folclóricas del terruño.

Desde que tengo memoria —desde cuando lucía la camisa que me confeccionó tía Lorenza— escuché decir que San Antonio era el santo de los enamorados. Las muchachas le pedían novio. Las mujeres sin pareja le rezaban con fervor. Y los más irreverentes contaban historias según las cuales, cuando el santo se mostraba remiso a conceder el milagro amoroso, terminaba castigado: boca abajo o encerrado patas arriba dentro de un armario hasta que cumpliera.

Pero aquella devoción popular soledeña terminó derivando en otra manifestación singular. Hombres homosexuales provenientes de distintos rincones de la Costa Caribe llegaban a Soledad para participar de las fiestas patronales.

En vísperas del 13 de junio, durante el día grande y a lo largo de las festividades, el pueblo parecía multiplicarse. Las calles se llenaban de visitantes en una romería homogénea y festiva, entre bailes, risas, coqueteos y una alegría colectiva que para el niño y el adolescente que fui resultaba tan fascinante como incomprensible.

Con el paso de los años entendí que aquella concurrencia terminó alimentando una reputación singular. Desde otros lugares comenzaron a llamar a Soledad “el pueblo de los maricas”.

Más de una vez, borracho, se desayunó en el mercado.

Era una etiqueta arbitraria, simplista e injusta. Nosotros la rebatíamos atrincherándonos en una frase que todavía sigue viva: “Nací en Soledad, pero con el culo para Barranquilla”. Como si en Barranquilla no hubiera maricas.

En definitiva, “el pueblo de los maricas” no definía a Soledad ni a su gente, como tampoco ese mismo u otros estigmas definen a tantos pueblos del Caribe. Pero sí formó parte del imaginario popular de una época en la que muchos preferían burlarse de aquello que no entendían.

Visto desde la distancia de los años, sospecho que aquellas fiestas revelaban algo más sencillo y más humano: la capacidad de un pueblo caribeño para abrir sus puertas a la diversidad, cuando tal palabra no era por todos conocida; para extender sus brazos y recibir a quienes llegaban buscando celebración, compañía o simplemente un lugar donde sentirse libres por unos días.

Por eso, cada vez que llega el 13 de junio, no puedo evitar imaginar cómo habría sido mi vida si hubiese nacido ese día.

Habría compartido cumpleaños con el santo patrono de mi pueblo, con las campanas de la iglesia, con las procesiones, con los buscadores de amor, con los devotos sinceros y con todos aquellos —incluidos nuestros maricas— que encontraban en Soledad un lugar para celebrar la vida sin pedir permiso.

Soy soledeño butifarrero, cumbiambero, merecumbero, bachiller egresado del Codesol, mismo que jugó bola’e trapo en las “polvorientas calles de Soledad”, como solía decir el narrador Juancho Illera Palacio cada vez que se refería a Arturo Segovia durante la transmisión de un partido de futbol en el que participara el defensa soledeño.

Soy soledeño, bautizado en la pila de la iglesia San Antonio de Padua y confirmado en el mismo templo. Allí asistí a las misas de cuerpo presente de mi mamá, Evelina Dolores; de mi papá y de Ena, mi nucleo familiar que trascendía a instancias de eternidad.

Soy soledeño y, borracho, en más de una ocasión desayuné pescado frito en el mercado público; también fueron muchas las veces que me bañé en el caño, antes de que se convirtiera en muladar. Y hasta de pronto me dormí perdido en los efectos del ron Blanco debajo de una banca de puesto de comidas en ese mercado.

Banner promocional de una actividad de la Fundación Arajooo.

Como soledeño, ya siendo periodista, resalté una condición innata: la de butifarrero, y como tal le hice una entrevista para Diario del Caribe a Segunda Alvarino, decana en la elaboración del famoso embutido. También fui testigo —con crónica incluida— de las escenas protagonizadas por aquel perro que aullaba —triste, prolongada y lúgubremente— cada vez que escuchaba una canción que brotaba del traganíquel del bar ‘El Senado’, frente al teatro Colón.

Soy soledeño y, desde este, mi sitio web El Muelle Caribe, apoyo periodísticamente la iniciativa de la Fundación Arajo, “¡Venga y Cuente! – Especial: La música cuenta”, un evento concebido para “convertir la palabra y el sonido en una experiencia de identidad, memoria y emoción colectiva”, muy a lo soledeño. Este 13 de junio tendrá como escenario el Museo Bolivariano.

Tan soledeño me siento que reivindico la oralidad de ese “araaaaajo” —así, con la «a» extendida—, expresión entrañable del habla popular de mi terruño que también da nombre a la fundación, la cual prefiere regodearse en el “arajooo”, con extensión en la «o».

Soy tan soledeño que, como cualquier adolescente costeño, intenté el amor zoofílico con burras, pero sucede que en las dos intentonas que apuré me quedé con los crespos hechos, con las ganas insatisfechas, y por algo divino ocurrió así: una vez, cuando cursaba cuarto de bachillerato y, en inmediaciones de Caraballo —sector entonces boscoso y con una piscina que por ahí dejaron olvidada—, me preparaba para la faena, un estudiante de curso superior en el mismo Codesol mandó al traste mis urgencias. Me dijo: “Quítate, que voy yo, porque soy mayor que tú y hago sexto”. La otra vez fue a la vuelta de la casa donde vivía, cerca a un lote enmontado entre el cual se levantaba la caseta ‘El Trupillo’, cuyo frente daba a ‘La Carretera’. En aquel momento vespertino crepuscular, yo hacía cola —“¡les toca achicar!”, nos decían— y, de pronto, una mano de hombre me aferró por el brazo derecho. Con fajón en mano, azotándome, me paseó por el frente de la caseta. No quiso salir por el lado que quedaba a un paso de la vivienda, casa de mi tía Juana. “Para que aprendas la lección. ¡Yo no quiero burreros!”, me decía. Mi papá regresaba del trabajo y me divisó desde el bus, antes de apearse. Fue una “limpia paseada”. Él la prefirió larga.

Soy soledeño y tuve ilusiones amorosas de adolescente soledeño, “corazón activo, amplio”. Una de ellas, a los 13 años, con Margatira De Leon: solo un pico boca a boca, en una caseta de Carnaval, durante una jornada infantil, en ‘La Calle de la Pobreza’. La otra, a los 18, con Milena: solo fueron miradas y solo miradas.

Butifarra con bollo de yuca. Sin limón, si está bien hecha.

Ya como periodista tuve novia soledeña, la única novia soledeña que tuve: Elsita. Un lindo romance de pareja joven que dio al traste cuando entró en escena una mujer no soledeña que transformaría mi derrotero sentimental y haría más amplio mi corazón, aunque por muchos años malherido, adolorido.

No nací un 13. Tampoco en junio. Me faltaron seis días. Me sobraron cinco meses. Pero nací soledeño.

Y, a estas alturas de la existencia, sospecho que eso ha terminado siendo mucho más importante, aunque no pueda decir: “Tengo un hijo soledeño”.

Importante, sí, porque todavía puedo cerrar los ojos y —gritando orgulloso: “¡Soy soledeño, carajo!”— regresar a ‘La casita de paja’, escuchar las campanas de la iglesia de San Antonio, ya sin ‘Caballo Cochero’ —Edgardo Pianeta— ni ‘Parroquia’ —Fernando Rosales—. Cierro los ojos y puedo ver la camisa remendada que me cosió tía Lorenza, sentir el aroma imposible de la seño Miriam y perderme otra vez entre las polvorientas calles —que ahora son selva de concreto y hormigón— de aquel pueblo que, pese al paso de los años, jamás ha dejado de acompañarme.