Alonso Ramírez Campo y una radiografía feroz del machismo convertido en espectáculo político: vulgaridad, manipulación mediática, patriarcado electoral en una sociedad que, lamentablemente, normaliza la degradación pública de la mujer.

Patriarcado, espectáculo y degradación política:
el macho alfa como producto electoral

Por Alonso Ramírez Campo
En Colombia, desde hace un tiempo, ha venido ganando visibilidad un tipo de liderazgo mediático como síntoma de una cultura política donde el espectáculo, la provocación y el discurso confrontacional tienen más eco que el discurso sólido.

El caso más reciente ocurrió hace dos semanas en el programa digital Piso 8, donde el candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella exhibió en su celular una imagen de su entrepierna a la periodista Laura Rodríguez e insistió en que la observara más de cerca. La comunicadora denunció posteriormente que se sintió vulnerada, acosada y asqueada.
Ante la denuncia, el hidalgo candidato pidió excusas aduciendo que se trató de un “desliz” propio de un juego y nada más, declarando orondo que “las mujeres votarán por mí, ya pedí disculpas”.
Como bien afirma Isabel Borrero Ramírez: “Hay hombres que descubren la palabra ‘caballero’ exactamente el mismo día en que media opinión pública los descubre convirtiendo la vulgaridad en un acto de campaña”.

No sé quién le recomendó a De la Espriella calentar las entrepiernas de las mujeres mostrando “su manduco” como acto de campaña, producir shock y después pensar que, pidiendo disculpas, las mujeres votarán por él con las piernas abiertas.
Sin duda, el acto en referencia parece una maquiavélica estrategia de campaña fríamente calculada para provocar una mezcla de repulsión y seducción, lanzando el anzuelo de la vulgaridad para generar shock mediático y ruido en las redes sociales.
De la Espriella, como candidato, no tiene —ni tendrá— un programa de gobierno estructurado que resista un debate teórico o técnico. Tampoco da papaya para hablar de su pasado nada santo. Así que, incapaz de hablar de reformas, prefiere sacar una foto de su entrepierna como programa de gobierno.
La estrategia es asquerosa, pero eficaz: capturar la atención de las masas. Porque quien controla la atención controla la percepción de la realidad, y quien se adueña de la percepción se adueña de los deseos y las ilusiones de los individuos. Esa es la labor propia del encantador de serpientes. De la Espriella y su asesor de campaña sueñan con que, mediante el exhibicionismo vulgar, podrán tapar la mediocridad.
Y después aparecen las disculpas: que fue un desliz, un juego y nada más. Como dice Isabel Borrero: “Esa disculpa, tan cuidadosamente perfumada, tan estratégicamente envuelta en papel celofán de caballerosidad”, parece suficiente en un país tan sentimental y tierno que admite que “si una mujer se siente incómoda, un caballero ofrece disculpas”, y ya está: “¡Dejen la exageración, malpensados!”.

Ahí opera la magia del desplazamiento, la “reciprocidad no lógica”: ella fue quien inició el juego erótico premeditadamente; yo solo lo seguí espontáneamente.
En sociedades como la nuestra, atravesadas por un patriarcado colonial y enmarcadas en una cultura sexista, los individuos toscos y vulgares crecen como verdolaga en playa. Muchos, al llegar a cargos de poder —tipo “usted no sabe quién soy yo”—, se especializan en humillar mujeres, periodistas y contradictores.
Este prototipo de individuos apela frecuentemente a la moral tradicional —en realidad, moralina— moldeada por quienes controlan la riqueza y el poder; es decir, por las élites que influyen en lo que una sociedad considera “correcto” o “normal”.
En la práctica, es una moralina que utiliza conceptos como la tradición, la propiedad o la sagrada familia como reflejo del cielo en la tierra; un cielo que, por supuesto, no existe, pero que cabalga en la psiquis de los despistados. La moral recoge eso “en el diván, en las confesiones de los pacientes que desembuchan los monstruos, sapos y lagartijas que han tragado imperceptiblemente como engendros del Leviatán”.

Los enfermos que conoce el psicoanálisis, en sentido amplio, no son solo aquellos que necesitan tratamiento en el diván del analista, sino también “los sanos” que deben emanciparse socialmente mediante una filosofía y una pedagogía que conduzcan a una modificabilidad no solo cognitiva, sino también simbólica, del comportamiento político y social.
Soy de los que cree que el punto de partida para crear una comunidad política vitalista y madura está en el tratamiento de los bebés durante su gestación en el vientre materno y luego en su formación durante el ciclo preescolar.
Tal vez esa sea una manera de construir una convivencia democrática menos maltratada, con heridas mejor curadas y sin paranoias heredadas que terminan convirtiendo en héroes a los audaces, a los que roban y a los que matan. ¡Para la muestra, un botón!
Crédito por foto de portada: original de https://www.bbc.com/

