La eliminación invicta de Colombia en el Mundial no merece indulgencias. Entre la terquedad de Lorenzo, las oportunidades desperdiciadas y el conformismo triunfalista, quedó una amarga sensación: un Mundial desaprovechado.

«Después del primero, el resto son
perdedores»: el país merecía más

Por José Orellano
Mientras la Selección de España se coronaba como genuina campeona mundial del fútbol, en 2026, a mi mente retornaba un mensaje de don Siervo: “Un gran amigo amante del fútbol decía: «Después del primero, el resto son perdedores»”, me escribió.
Mi entrañable amigo, el filólogo y lingüista boyacense Siervo Custodio Mora Monroy, aupaba así, sin proponérselo, mis ganas de opinar sobre el tristísimo final de la selección de Lorenzo en el Mundial. Dejar atrás ese shhh sostenido, ese chitón que me había impuesto motu proprio.
“En semifinales le hubiéramos ganado a Argentina y hoy estaríamos peleando el título con España”, me escribía Edgardo Caballero mientras la final se iba al alargue. Y es que para los cuartos de final, los gauchos esperaban a “los cafeteros”, como nos dicen desde otras latitudes, pero les tocó Suiza, el eliminador de Colombia, a pesar del invicto colombiano en cinco partidos, el último con alargue.

Que haya voces que se elevaron para pedir que no se cuestionara el estancamiento de Colombia en octavos, luego de haber superado el “mata-mata”, está bien. Allá ellos.
Y que haya voces que vitoreen y pongan en un lugar destacado el noveno puesto ocupado por la Selección Colombia en la tabla general del Mundial, sí que no está bien. «Después del primero, el resto son perdedores».
Allí, frente a España —el mejor fútbol del Mundial, de principio a fin—, debió estar, como dice Caballero, el seleccionado de Lorenzo peleando el título, aunque no lo hubiera alcanzado. Porque, la verdad, se lo merecía esa camada de jóvenes futbolistas españoles. “Fue mejor España durante todo este partido de la gran final”, anotó don Siervo luego de que el capitán Rodrigo Hernández levantara la Copa. Con mérito de sobra —sin dejarse provocar ante la andanada de agresiones recibidas durante los 120 minutos—, los dirigidos por el exitoso Luis de la Fuente bordaron la segunda estrella mundialista en la bandera roja, amarilla y roja de “la madre patria”.
“…lo de ayer sí fue que el baile flamenco le hizo un paso doble al melancólico tango”, anotó en Día de Independencia el amigo Mora Monroy.

Se lo merecía España, sí, ante una Argentina que no había jugado nada bien durante las diferentes fases del Mundial y que avanzó hasta la final favorecida por un buen puñado de “arbitradas”, cierta fascinación “infantiniana” por la albiceleste y las incuestionables genialidades de Messi, —el mejor del mundo, no hay duda— como asistidor o goleador.
Los gauchos no brillaron en ningún tramo de la final y los chapetones le ganaron a una Argentina puerca, sin ideas, con un Messi desubicado y con un ataque que apenas registró un remate directo al arco en 117 minutos. Era como un equipo resignado a que por ahí apareciera una ayudita divina, o tal vez arbitral, que en algunos momentos la tuvo, en especial cuando el esloveno Slavko Vinčić se hacía el de la vista gorda ante la sucieza del juego albiceleste y, en más de un par de ocasiones, le perdonó la tarjeta roja a Leandro Paredes, quien jugó casi todo el partido con amarilla, pero que aun así no dejaba de pegar. Como casi todos los albicelestes. El del domingo 19 de Julio en Nueva Jersey fue un equipo de truhanadas ante su paulatina desaparición de la cancha junto con Messi, a quien incluso no le alcanzaron sus goles para hacerse con la Bota de Oro, que fue para el francés Kylian Mbappé, con diez dianas.
Sin embargo, en la Argentina del domingo hay que destacar la extraordinaria actuación del arquero Damián Emiliano “Dibu” Martínez Romero, quien desbarató una y otra vez los ataques españoles con una sucesión de atajadas memorables. Algo más de una docena de veces.
Y volviendo a la tricolor, hay que alzar la voz y reclamar porque, a la postre, hubo quebrantamiento de la consigna «¡Siempre se puede aspirar a ser mejor!», instituida por el mismísimo director técnico.

Hay que protestar, porque los capitaneados por James no fueron de simple tour por México, Estados Unidos y Canadá para cumplir con un “buen papel”, sino a campeonar… o, por lo menos, a llegar a la final. ¡Qué linda hubiera sido esa final España-Colombia! Y aquí dejemos en un segundo plano el resultado.
Y si se exalta el hecho de que los 26 escogidos ganaron tres partidos y empataron dos —eliminados invictos—, también se debe criticar la carencia de jerarquía para mantenerse, sobreponerse y superar la instancia de los cobros desde el punto penal.
En ese partido de octavos de final de la Selección Colombia ante la Selección de Suiza no se ganó —se empató 0-0— porque James no estaba para ese partido. Estorbó. En su lugar debió estar Juan Fernando Quintero.
Que Juanfer no es jugador para noventa minutos —eso dicen—, pues métalo de titular, siente a James, deje jugar al mediocampista ofensivo, al enganche del River Plate de Argentina, y cámbielo, si se requiere, al minuto 50 o al 60, o qué sé yo; pero aproveche la visión de juego excepcional de Juanfer, con su zurda prodigiosa y sus pases milimétricos. Que allá por 2014 esas eran virtudes de James. Ya no.
Ya James cumplió. Y grandemente. Pero ya no genera, ya no capitanea. En cambio, Juanfer lo hace con facilidad asombrosa y crea oportunidades una y otra vez, hacia las puntas y hacia el centro del área. Y hacia el fondo de la red. Solo había que darle confianza.
Me dirán “más papista que el Papa”, pero Quintero tiene el don de aparecer cuando el partido parece encerrarse en un laberinto, y él ayuda a encontrar la salida, si no es que la encuentra él solo cuando dispara sus misiles de izquierda hacia el arco contrario. Su inteligencia táctica lo convierte en un futbolista determinante.

Y vuelvo y digo que no lo digo yo. Lo sostienen comentaristas especializados que coinciden en que Quintero es un auténtico organizador, el verdadero “cerebro” de cualquier oncena, pero en el Mundial fue una posibilidad banqueada.
Honestamente, no entiendo por qué Néstor Lorenzo —en una terquedad sin límites— no entendió lo que dicen los entendidos: que Juanfer lee los espacios vacíos antes que los demás, que encuentra líneas de pase inverosímiles y que rompe defensas cerradas con un solo movimiento del balón entre sus pies.
Juanfer está descrito por los expertos como un líder natural, de esos que aparecen cuando el equipo necesita un puente entre la idea del entrenador y la ejecución de sus compañeros. Siempre sonriente, hubiera sido el enlace táctico y emocional entre el cuerpo técnico y el grupo. En la cancha. En los camerinos. En la concentración. En todas partes. Un capitán.
En los corrillos se especula con la renuncia de Quintero a la Selección. Así como ha sido tratado, ¿quién no?
Y así como Lorenzo desperdició o desaprovechó a Juanfer, tampoco fue leal con Juan Camilo “El Cucho” Hernández ni con Jaminton Campaz, quienes, tras haber entrado en el segundo tiempo del partido ante Uzbekistán, complementaron una jugada de antología que culminó con el tercer gol de la tricolor. Fue el aliciente para que se empezara a soñar en grande, aunque, esta vez, en ese partido —a diferencia del que se le jugó a Congo—, Colombia no fue un equipo ideal.

Recordemos: Jaminton ingresó con la energía de quien llevaba años esperando una oportunidad como titular en la selección nacional. Entró para reemplazar a James Rodríguez, la estrella que, en su ocaso —cobro inevitable del discurrir de los años—, viene apagándose y ya estaba para ingresos a mitad del segundo tiempo. Jaminton reemplazó con creces a James, anotó un precioso gol de cabeza y apuntaba hacia la titularidad.
Fue el complemento de lo hecho por “El Cucho”, que, a pesar de su baja estatura, no se amilanó ante el gigantesco defensor uzbeko Abdukodir Khusanov. Choque desigual. David enfrentando a Goliat sobre el césped mundialista. Goliat derribó a David. Lo aplastó contra la yerba, en un intento por impedir que lo superara con la fuerza de su corpulencia.
Pero Hernández forcejeó; como si estuviera untado de vaselina, se le escurrió a la mole de carne, músculo y hueso que tenía encima, recuperó el equilibrio, ganó la raya y, con una gambeta de lujo, sacó finalmente del camino a su gigantesco perseguidor para enviar una precisa y preciosa asistencia al área chica, donde Campaz, con un salto excepcional y un certero cabezazo, puso cifras concretas al marcador.
Con ellos no quiso volver a contar Lorenzo sino en las postrimerías del partido ante Suiza: “Entren a salvar la patria”. Bajo presión, con exacerbado nerviosismo ante la responsabilidad que a última hora les fue legada. Y así: Jaminton botó el de la victoria frente a un arco desguarnecido y “El Cucho” erró desde el punto penal.

Y es que, si en tres partidos la línea delantera no había hecho un solo gol, si Luis Suárez no lo lograba y John Córdoba se había lesionado, ¿qué más podía esperar Lorenzo para mandar a la titularidad a “El Cucho” Hernández y a Jaminton Campaz? En esta actuación de Lorenzo hubo ingratitud. Solo vino a meterlos bajo presión, cuando ni el mismo Lucho encontraba la llave para abrir la puerta contraria. Lo suyo, lo de Lucho, se resume en un despertar de altas expectativas, pero con escasos resultados.
El comportamiento del técnico no solo mató sueños deportivos, sino que enterró las decenas de miles de ilusiones de emprendedores temporales que invirtieron en camisetas y otros accesorios con la certeza de que «cada vez los seleccionados podían hacerlo mejor». Y los pequeños comerciantes podían mejorar sus ingresos en temporada. Soñaban con la final, como lo soñaban más de 50 millones de colombianos, que otro tanto del globo veía a la Selección para una conquistadora que había de llenarse de gloria. Pero así no fue.
Ante Suiza, se llegó a la instancia de los doce pasos, los once metros, el punto penal, sin convicción. Después del alargue, el seleccionado parecía no tener alma.
Davinson estampó el balón en el horizontal y un presionado “El Cucho” lo emuló, pero enviando la pelota a las manos del portero. Allí se frenó el avance colombiano desde la tanda de penales.
Si no hay conquista, no hay gloria. Y la conquista colombiana tenía que ser, por lo menos, la final. Lo demás es consuelo de tontos. Y, verdad de a puño, no se alcanzó el objetivo real —aunque invictamente—, con un poco de pena y nada de gloria. La insistencia en James, teniendo en el banco alternativas para reemplazarlo, fue el error, el grave error de Lorenzo, que dio al traste con las posibilidades de gloria.

La gloria no jugó para Colombia; se quedó a mitad de camino. Y la selección de mayores, una vez más, decepcionó, «mató ilusiones», como dijo Claudia Marcela, convencida de que, esta vez, Argentina no merecía estar en la final, aunque necesariamente haya que amar a Messi y postrarse a sus pies… «Ahí debió estar Colombia», puntualizó CM.
Quizá sobró corazón, pero a lo mejor faltó oficio. Más oficio. Y menos terquedad de Néstor Lorenzo, cuyo contrato no debería ser renovado. Que la renovación venga, eso sí, en la dirección técnica y la nómina, empezando por James.
No hay que olvidarlo: «Después del primero, todos pierden». Y Colombia perdió en el Mundial. El país merecía más.

