La inesperada partida del médico samario Osvaldo Bermúdez Martínez y, horas después, de su esposa Carmen Carbonell — testimonio profundo de amor para siempre—, enluta memorias barriales, médicas y afectivas.

Breve crónica de un amor eterno…

Por Alfonso Noguera Aarón MD.
(Febrero 17 de 2026)
Ha fallecido en el día de ayer —lunes 16 de febrero de 2026— el doctor Osvaldo Bermúdez Martínez, y ayer mismo por la noche también falleció su esposa Carmen Carbonell de Bermúdez. Si. Así de simple llegan las noticias a nuestra conciencia. Me enteré de la partida de Osvaldo ayer por la mañana en nuestro grupo de Wasap de los médicos Promoción de 1982 de la facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena. Y apenas estábamos meditando la infausta noticia, cuando nos llega la nueva información sobre la muerte de su inseparable esposa Carmencita Carbonell de Bermúdez. Es como si William Shakespeare siguiera escribiendo la eterna historia del amor que duele y a la vez es glorioso.

Queda uno como “dos de queso”, como decían las viejas de antes. Pero ante la realidad consumada debemos agarrarnos de lo que sea y seguir adelante con los pedazos de alma que aún nos quedan. Los sucesos humanos son inexorables e irreversibles, porque somos seres efímeros y frágiles, y por dolorosos e inadmisibles que nos resulten debemos aceptarlos como santos designios de Dios o como jugadas movidas por las impredecibles zancadillas del destino.
Por los años de 1965 el Instituto de Crédito Territorial asignó al magisterio docente unas casas entre el barrio 13 de Junio, habitado ya por hogares pulcros y decentes, y la calle 22, o Santa Rita, unas casas de bloques que inicialmente todas eran iguales y blancas, y que los vecinos las apodamos “Los Palomares”. Sería largo de enumerar casa a casa tan distintos y entrañables nuevos vecinos, cuyas gratas amistades han durado toda la vida, pero en aras de la síntesis me detengo a recordar que la familia Bermúdez Martínez y los Carbonell, por esas felices coincidencias de la vida, les tocó vivir al lado una casa de la otra, igual que todos los demás vecinos del 13 de Junio y luego de los Palomares.
Eran como familias siamesas separadas por una misma pared común a las dos casas, y el intercambio afectivo y doméstico fue creciendo a medida que se conocían y se estrechaban las nuevas amistades, primero entre los padres y luego entre los hijos. Siempre he pensado que esa clase de proximidad social es la forma más preciosa con que Dios enlaza a las personas con los aparentes vínculos del azar y la casualidad.

Pues bien, así las cosas, los inevitables amoríos platónicos entre las chicas y los chicos, atraídos como por los imanes deliciosos del amor no se hicieron esperar, y luego las uniones de parejas y matrimonios marcaron para siempre las vidas de aquellas espléndidas personas. Y así fue como surgió el amor y luego el hogar de Osvaldo y de Carmencita. Ahora que la vida ya pasó, y cierro los ojos, y se me enciende la memoria con recuerdos que aparecen solos y sin evocarlos, me parece ver a Carmencita pasar por el frente de mi casa en su uniforme de falda verde del Liceo Celedón y a Osvaldo con su eterna franela de basquetbolista pasando para la Villa Olímpica a jugar basquetbol desde y hasta siempre.
Con Osvaldo Bermúdez, amigo y colega médico, me acercaba una vieja amistad de vecinos de mi añorado barrio del 13 de Junio. Durante la juventud nos reunían los jolgorios deportivos y festivos del barrio, como también la proximidad afectiva de nuestras familias. Pero fue en Cartagena donde nos volvimos a encontrar, esta vez como estudiantes de medicina en la prestigiosa Universidad de Cartagena, donde después de mil peripecias nos graduamos como Médico-Cirujano. Y ya en adelante, cuando fuimos profesionales de la ciencia y el arte de Hipócrates y de Galeno, solo los temas alusivos a la medicina nos hacían confidentes.
Hoy tengo que escribir estas letras con el alma trémula de llanto y de dolor del alma, primero por su partida definitiva del mundo en que los viles mortales seguimos atrapados, pero sobre todo por el súbito e increíble deceso de Carmencita, el mismo día en que se nos fue Osvaldo. Es como si ella no soportara la vida sin él allí enfrente, y entonces también detuvo a voluntad los corceles desbocados de su corazón herido. Solo Dios conoce nuestras vidas y tiene el control de todo, desde antes de florecer entre las brumas de este maravilloso mundo.

