El bolerista

El bolerista

Entre butifarras con bollo’e yuca, pirotecnia y boleros, nace y se despide de los escenarios Alci Acosta, homenajeado por Sayco como el soledeñísimo emperador del sentimiento y la melancolía nacional.

Imagen de portada: El pintor soledeño Fernando Castañeda García —quien se recupera de afectaciones de salud— es el autor de este cuadro, ideal para sumarse al homenaje que Sayco le tributa al bolerista soledeño.

ALCI ACOSTA

Por Evo Matrix

Creció entre las esquinas calientes de Soledad, Atlántico, donde el aroma de la butifarra se mezclaba con la pólvora que, en fuegos artificiales o juegos pirotécnicos, estallaban durante las fiestas patronales de San Antonio de Padua.

Por aquellas calles polvorientas, a media cuadra de un picó con parlante roto, caminaba un niño de mirada melancólica y oído absoluto, que pronto aprendería que el amor no es solo una palabra, sino una herida que canta. Ese niño se llamaba Alcibiades Acosta Cervantes, y estaba destinado a convertirse en el emperador del sentimiento.

Banner promocional del homenaje a Alci Acosta.

Hoy, casi ocho décadas después, el país lo ovaciona de pie. La Sociedad de Autores y Compositores de Colombia-Sayco, le confieere el título de socio activo por su trayectoria inapelable, en una ceremonia que no será un adiós, sino una serenata: un “gracias” coral por tantas madrugadas con boleros en el pecho. En el Salón Cyan del Hotel Radisson Diamond, donde el Caribe se vestirá de gala sin perder el alma de patio, se le rendirá tributo este jueves 22 de mayo a quien no solo cantó el despecho, sino que lo convirtió en bandera nacional.

En el corazón de Soledad, cuando todavía era pueblo más que municipio, el joven Alci aprendió a tocar piano con la misma facilidad con la que se comía mango de hilacha en canoas zarpadas en el viejo puerto del pueblo.

Su primer escenario no fue un teatro, sino una sala de estar con mecedoras y un radio Philips donde sonaban tangos y danzones. Su padre le había regalado un teclado desafinado y su madre le daba aguapanela con pan y queso mientras practicaba.

Pero fue el bolero, ese género sin patria fija, pero con raíces profundas, el que le dio casa y bandera. Desde ‘Odio gitano’, pasando por ‘La copa rota’ hasta ‘Traicionera’, sus canciones se convirtieron en los himnos del amor mal pagado, las serenatas sin respuesta y las despedidas en terminales de bus. Porque si el vallenato es río, el bolero es mar: profundo, salado y eterno.

Este 22 de mayo de 2025, entre abrazos y lágrimas sinceras, artistas de todos los géneros y generaciones se darán cita para celebrar su obra. Juan Piña, Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velásquez, Chelito de Castro y Dolcey Gutiérrez, entre otros, lo acompañarán junto a su hijo, el carismático Checo Acosta, heredero del sabor tropical y de la estampa artística.

Los dos Alci: el padre y el hijo. Alci Acosta Cervantes y Alci ‘El checo’ Acosta Agudelo: la sangre y el canto.

Rafa Manjarrez, poeta de los juglares, y César Ahumada, gerente de Sayco, toman la palabra. “El Maestro Alci Acosta es una leyenda viva de la música colombiana. Su trayectoria, llena de éxitos y reconocimientos, es un ejemplo para las nuevas generaciones”, dice Ahumada, y en el rostro de Alci ha de se dibujarse una sonrisa leve, casi tímida, como quien no se cree del todo el aplauso porque lo suyo, siempre, fue el silencio después de la canción.

La Resolución No. 54 del Consejo Directivo de Sayco le otorga la membresía activa bajo una cláusula excepcional. Un gesto que no solo es institucional, sino simbólico: Colombia reconoce que el bolero también se escribe con tinta criolla y que Alci Acosta es patrimonio emocional del país.

Pero más allá de los premios y los escenarios —esos a los cuales les dice adiós—, está el hombre: el que siempre volvió a Soledad a oler la butifarra genuina, esa a la que no hay que untar de limón, y a degustarla al lado de una rueda de bollo’e yuca y a sentarse en la acera de su casa a ver pasar la vida. El que nunca cambió la forma de peinarse, ni la cadencia con la que dice “señorita” antes de cada canción. El que se adelantó al marketing emocional con solo abrir el piano y dejar que su alma, rota o entera, hablara por él.

IA quiso unirse al homenaje a Alci Acosta y creó esta ilustración. Así lo recrea, probablemente sin mucho acierto.

Alci no necesitó autotune ni estrategias virales. Su arma fue siempre la verdad —esa que duele, pero sana—. Por eso su música no envejece: porque los corazones rotos siguen naciendo todos los días, y porque en cada historia de amor hay un verso interpretado por él esperando sonar en la madrugada, que los versos de un inmenso número de sus éxitos son de la autoría del extinto Cristóbal Sanjuan, vale recordarlo.

Dicen que los boleros no mueren, que se guardan en los rincones del alma. Tal vez por eso, cuando Alci Acosta se siente en su piano por última vez, no será un adiós. Será un “gracias” con eco. Un “te quiero” que alguien cantará en un bar de Soacha o en el vetusto —y asqueroso— mercado público de Soledad o en una sala en Queens, donde algún migrante colombiano recuerda que amar también es llorar con clase: “¿Qué tratas de insinuarme con sus actos…”.

Porque si en Colombia hay un lugar donde el corazón tiene voz, ese lugar lo construyó Alci Acosta ladrillo a ladrillo, nota a nota, verso a verso. Y su legado, como los amores que no se olvidan, se queda para siempre.