Día ignorado

Día ignorado

Hay historias que no se cuentan, se conversan. Y esta huele a madera recién serruchada, a silencio de taller, a fe sin alarde… a José. Onomástico del director. Día-del-hombre. ¡Ignorado!

Imagen de portada: Ilustración de IA para recrear la fecha, su contenido religioso, y la celebración de un día que no se celebra: “El día del hombre”.

Por José Orellano-Evo Matrix

Dicen por ahí, entre chanza y verdad, que hay días que nacen con banda de pueblo y otros que llegan como de puntillas… Y el 19 de marzo —hoy— es de esos días.

“Más ignorado que el día del hombre”, repite en sus transmisiones de fútbol Eduardo Luis (López Tavera) como parte de su estilo narrativo característico, lleno de frases jocosas y comparaciones exageradas. Lo dice cuando un jugador no es tenido muy en cuenta en el trazado del juego de su equipo. Y uno se ríe, pero por dentro algo se queda pensando… porque el olvido también tiene memoria.

Eduardo Luis, narrador de futbol y comentarista de WinSport.

En Colombia, el 19 de marzo se agenda como el Día del Hombre, pero no hace ruido. Y de ahí que Eduardo Luis se regodee con su “Más ignorado que el día del hombre”.

“El día del hombre” en Colombia no hace ruido, como no lo hacía José. Él no era de discursos largos ni de levantar la voz. Era más bien de esos hombres que hablan con las manos, que entienden el mundo a punta de paciencia. Carpintero. De los de antes, de los de serrucho y formón, pata’e cabra y clavos. De los que sabían que cada veta de la madera tiene carácter, que no todo se endereza a la fuerza, que hay cosas que se acompañan hasta que toman forma.

Imagínate ese taller… la luz entrando en diagonal, el serrín flotando como si fuera tiempo detenido. Y José ahí, con la mirada tranquila, como si supiera algo que el resto apenas sospecha. Porque creer, mi llave, creer de verdad, no es gritarlo… es sostenerlo cuando nadie más entiende.

Le dijeron que sería padre… pero no como cualquiera. Y él, que no pidió protagonismo, dijo sí. Papá con intermediación del Espíritu Santo, sin condiciones, sin cláusulas pequeñas al final del contrato. Un sí de esos que pesan. Porque ser hombre —y ahí está el detalle— no siempre es imponer, ni mandar, ni figurar. A veces es quedarse. A veces es cuidar lo que no nació de uno, pero se vuelve de uno por amor.

José fue eso: presencia sin espectáculo. Protector sin armadura. Padre sin necesidad de aplauso.

La Personería de Medellín sí ha recordado el 19 de marzo como “El día del hombre”.

Mientras el mundo anda buscando héroes con capa, él resolvía la vida con clavos, madera y fe. Y no era poca cosa. Porque criar, acompañar, guiar… eso también es construir. Más difícil que cualquier mesa o puerta. Porque ahí no hay plano exacto, ni herramienta que garantice el resultado.

Y el niño Jesús crecía… y José miraba. No desde arriba, sino al lado. Enseñando sin imponer, mostrando sin obligar. Como quien entiende que el verdadero legado no es que te sigan los pasos, sino que encuentren su propio camino.

Por eso, cuando dicen que este día es ignorado, a mí me suena más a espejo. Porque el hombre que representa no se vende fácil. No hace escándalo. No se disfraza de importancia. Es ese que llega cansado, pero cumple. El que no siempre sabe qué decir, pero está. El que falla, claro… pero vuelve a intentar.

José también tuvo miedo, seguro. También dudó. Pero eligió quedarse en la historia no como protagonista, sino como sostén. Y eso, mi pana, requiere un tipo de valentía que no sale en titulares.

En este mundo que a veces confunde ruido con grandeza, José es el recordatorio de lo simple que transforma. De la humildad que edifica. Del amor que no necesita decir “mírenme”, porque se nota en lo que hace.

Así que sí… que venga el 19 de marzo. Que llegue sin bulla si quiere. Que lo sigan olvidando en las agendas ruidosas. Pero que no se nos olvide a nosotros lo que significa.

Estampa muy diciente: San José, padre por obra y gracia del Espíritu Santo, y su hijo Jesús, en el taller de carpintería.

Porque tal vez el día del hombre no necesita que lo celebren con pólvora… sino que lo vivan. Con manos firmes, corazón tranquilo y palabra cumplida.

Como José.

Como los que, sin hacer ruido, sostienen el mundo.

Ahí es donde la historia deja de ser cuento y se vuelve espejo, mi llave.

Y entonces, entre tanto ruido que olvida y tanto olvido que hace ruido, entendí algo… que esta historia no era ajena.

Que José no se quedó en Nazaret ni en los libros viejos.

Que José también se llama hoy.

Que también se cansa, que también duda, que también carga cosas que no siempre sabe explicar… pero sigue.

Porque ser hombre —de verdad— no es tener todas las respuestas, sino hacerse cargo de las preguntas sin salir corriendo.

Y ahí, en ese punto donde la vida deja de ser teoría y se vuelve oficio… me encontré.

No con el José perfecto, no con el santo de estampita… sino con el hombre.

Con el que intenta.

Con el que a veces se equivoca, pero no abandona.

Con el que aprende a cuidar, incluso cuando no le enseñaron cómo.

Y entonces entendí que el 19 de marzo no es un día ignorado… es un día silencioso.

Como esos trabajos bien hechos que nadie aplaude, pero sostienen todo.

En redes se tropieza uno con esta recordación.

Como ese tipo de hombre que no necesita vitrina.

Como José.

Y sí… también como yo.

Porque en medio de mis propias tablas torcidas, de mis clavos mal puestos y mis intentos a medias… sigo aquí, aprendiendo el oficio.

El de creer… El de cuidar… El de quedarme.

Así que si esta historia necesita un nombre, que lleve el mío. Además, es mi onomástico, el día en que todos los José del mundo celebran su santo: San José… Sí, que esta historia lleve mi nombre.

No por perfecto… sino por aprendiz.

No por santo… sino por hombre: José Orellano.