De ciudad sagrada a urbe virtual, este artículo de Alonso Ramírez Campo examina cómo Bogotá transformó sus símbolos, su ciudadanía y su función educativa, mientras la escuela enfrenta nuevos desafíos.

El origen de la ciudad: entre
el sueño, el poder y la vida
Por: Alonso Ramírez campo

“Desde allá, al cabo de seis días y seis noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo. De su fundación se cuenta esto: hombres de naciones diversas tuvieron el mismo sueño. Vieron a una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida; la vieron de espalda, con el pelo largo y desnuda. Soñaron que la seguían. Al final, tras muchas vueltas, todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron, pero se encontraron entre sí. Decidieron construir una ciudad como en el sueño. En la disposición de las calles, cada uno repitió su recorrido y, en el punto donde habían perdido a la fugitiva, cada uno ordenó los espacios y los muros de manera distinta a como aparecían en el sueño, de modo que no pudiera escapársele más”.
Las ciudades invisibles, Italo Calvino.

No sabemos desde qué utopías fueron hechas las ciudades ni qué se buscaba con su construcción. Es posible que algunos factores, como la seguridad, el confort y, sobre todo, la libertad, hayan influido en su realización. El hecho es que están ahí y hoy resulta inevitable vivir en ellas, porque casi el 70 % de la población mundial es urbana.
La ciudad trastocó el universo campesino y situó su base en los cielos. Esto sucedió en algún momento de la historia, cuando los santuarios se trasladaron a las ciudades y se produjo una alianza entre los poderes político, económico y religioso. El poder real recibió entonces una sanción sobrenatural: el rey se convirtió en mediador entre el cielo y la tierra, encarnando en su propia persona la vida y el ser.
Es probable que la fusión del poder secular y el sagrado explique, en parte, la explosión de energía humana que se produjo en las primeras ciudades. Quizás esto comenzó con la construcción del templo, donde se selló aquella unión. Todavía faltaría tiempo para que se consolidara la monarquía. En un comienzo, mientras se gestaba la alianza entre lo político, lo económico y lo religioso, los roles y las funciones no estaban claramente definidos ni diferenciados. El médico, el brujo, el mago, el profeta, el astrónomo, el sacerdote y el poder real podían concentrarse en una misma figura.

Pero llegó el momento de la diferenciación. Se produjo entonces la elevación simbólica del monarca y del sacerdote hacia el cielo, y el poder real recibió una sanción sobrenatural. Llegado ese momento, la ciudad comenzó a alejarse de aquella comunidad de familias que vivían mediante la ayuda mutua. Surgieron las castas de sacerdotes e intelectuales: escribas, médicos, magos y reyes.
Pronto se produjo, en las primeras ciudades, la concentración de la población en el espacio urbano. Esto fue posible gracias a la creación de un sistema de representación divina capaz de ejercer control sobre los imaginarios colectivos.
Como los dioses del bosque y de cada lugar particular no servían para tal propósito, hubo que sustituirlos por una representación general y unificadora. Más tarde, con el advenimiento de la ciudad moderna, aquellos dioses fueron reemplazados por las pilas, las imágenes y las estatuas como representaciones coloniales o republicanas.
Asimismo, apareció el centralismo. La ciudad se convirtió en el sitio privilegiado de lo sagrado, bajo la protección de un dios y el cuidado de un rey divino. Solo así parecía posible aglomerar tanta gente. De este modo, estar en una ciudad tenía sentido porque significaba pertenecer a un cosmos mediante la identificación espiritual.
Después, cuando la ciudad se secularizó por la acción del comercio y la industria, la ley y la justicia complementaron la función que antes cumplía la religión. Poco a poco, el poder pasó al Estado y a la justicia, que también provenían de arriba como formas de organización de la estructura urbana.
Desde entonces, particularmente a partir del siglo XIX, comenzó a hablarse de ciudadanos en lugar de vecinos o súbditos. La ciudadanía pasó a entenderse como un ejercicio que se conquista, se gana y se merece; se fundamenta en el ejercicio de personas libres entre personas libres. En este sentido, la ciudadanía no la otorgan los agentes ni el lugar de nacimiento, sino el derecho a participar en la vida de la polis.

La ciudad empezó entonces a imaginarse como marco y medio de la educación: como un libro abierto, como una oportunidad personal y colectiva de ser, como el espacio de la realización humana. Por ello se establece que la educación y, en este caso, la educación ciudadana, son una conquista.
Finalmente, en el siglo XXI asistimos a la ciudad actual, más conocida como ciudad posmoderna, ciudad virtual, ciudad fragmentada, entre otras denominaciones. Como la describe Jira Rodrigues en la revista Pensar Iberoamérica, en su artículo “Ciudad educadora: una perspectiva política desde la complejidad”:
“La ciudad actual está arrancando los clavos donde colgaba su memoria y su nostalgia; ignora toda tradición y todo sentido de intimidad; la ciudad virtual está empezando a ser más real que la real. La televisión es la única manera de recorrerla y de saber lo que está pasando en ella. Si el símbolo de la ciudad vieja era la catedral gótica, de puntillas hacia el cielo, con su austero mensaje de espiritualidad y eternidad, ahora lo es el centro comercial, las autopistas que hacen del viaje y del desplazamiento el nuevo escenario del habitante. Ahora son los centros comerciales los que más concentran a la gente y su brillo. Si en la ciudad de antes había un centro indiscutible, hoy hay muchos. El centro ha explotado en fragmentos hacia la periferia y cada uno de ellos maneja sus normas, su argot. Esta es la ciudad posmoderna que se reemplaza rápidamente, policroma y hedonista. Esta es una ciudad subversiva, siniestra, lunática, miserable, pero también noble, educadora, refinada. Aquí cabe todo; esa es su normalidad”.
Ahora, la ciudad no sorprende ni para bien ni para mal. En muy pocos años dejó de seducirnos. Como bien anota Pérgolis (2004), la Bogotá coqueta de principios de la década de 1990 nos sedujo. El discurso de la Alcaldía nos la mostró joven, femenina y tan desprevenida que nos acercamos a ella con la prudencia y los cuidados propios de la cultura ciudadana.

Luego Bogotá brilló más cerca de las estrellas: madura, cautivante, bellísima a través de sus fantásticas obras. ¿Qué nos desencantó de aquellos discursos que la mostraban seductora? ¿Fue simplemente el paso del tiempo?
Si hoy aprender de Bogotá como escenario educativo pasa por lo fugaz, como la sonrisa de una muchacha que pasa en TransMilenio, significa que la realidad actual está hecha de una simultaneidad de realidades. Esto se debe a la multiplicidad de grupos, entre ellos los juveniles, que ofrecen un espectro de comportamientos tan diversos que atomizan la práctica educativa en una escogencia permanente de posibles modelos. Esta es una diferencia fundamental con respecto a la idea de la ciudad tradicional.
Frente a esta situación, la escuela tendría que salir de su guarida. No solamente asomarse al balcón, sino salir a reconocer su entorno y emprender una especie de navegación a la deriva, en busca de sus tesoros escondidos.

