Mundial corrupto

Mundial corrupto

Con mirada crítica, el autor examina las relaciones entre política, poder y fútbol durante el Mundial 2026. Cuestiona la influencia de la Casa Blanca y la FIFA sobre decisiones deportivas.

Imagen de portada: “Dios los cría y…”. Trump e Infantino, la trapizonda —en el Mundial 2026— de un reculón con tarjeta roja a favor de un goleador que no goleó en octavos de final: Folarin Balogun, “cero huevito” ante Bélgica.

Nota del director: Con gusto, acogemos el siguiente texto de la autoría del docente samario, cronista, escritor y poeta, Osvaldo Frank Manjarrés Fuentes, destacada voz de las letras magdalnenses.

Osvaldo Frank Manjarrés Fuentes

“Todo juego de equipo convertido en espectáculo es un gran simulador de
la vida que pone a prueba los límites individuales y el espíritu colectivo”

Jorge Valdano*

Cuando el actual presidente de EE. UU. llamó por teléfono a Gianni Infantino, amo y señor de la FIFA, para el asunto de una tarjeta roja, la Corte Suprema de ese país anfitrión del Mundial de Fútbol 2026 había asestado uno de los impactos más duros recibido por la agenda migratoria de Donald Trump. Ese Supremo anuló la orden ejecutiva con la que el jefe de Estado pretendía recortar la ciudadanía por nacimiento, cuando la Constitución (1868), reconoce que todo niño nacido en territorio estadounidense es, desde el momento de su nacimiento, ciudadano del país.

Esa tarjeta roja contra Folarin Balogun fue anulada después por el torticero poder USA-FIFA. “Jugadita” que de nada le valió a la selección de los Estados Unidos.

El presidente Trump comentaba que él no sabe de tarjeta roja, ni nada de esas cosas del fútbol, que su fuerte es el golf y lo juega muy bien; pero parece ser, que el hombre, al ver su derrota política ante la Corte Suprema, quería mostrar universalmente su poder, el de su nación; hegemonía y supremacía hacia el control global; y así, amenazó la supervivencia de gran parte del planeta.

Este hecho de la tarjeta roja, fue una grandiosa jugada fuera del rectángulo verde. Un escándalo fuera del terreno de juego. A la falta visiblemente violenta de un jugador, sale al quite una táctica jugada presidencial, y en menos tiempo de lo que suena un pitazo arbitral, el presidente de los EE.UU. sin consultar a ninguno de sus republicanos llamó por teléfono con una confianza de amigo de barrio, al mandamás de la FIFA. Desde ese instante comenzó el cuento de la famosa tarjeta roja. Sancionaban a un jugador de la selección de los EE.UU., convirtiéndose en una polémica universal. Llegó a todos los rincones futboleros de la Tierra.

Pero lo futbolístico de esa tarjeta roja se convirtió en preocupación política para la Casa Blanca. El poder de la influencia del imperio gringo, “los dueños” del principio de “libertad” hicieron que el poderoso de la FIFA borrara la tarjeta roja para que el jugador estadounidense cuestionado, jugara el siguiente partido. No sabemos en qué lugar estaba el hijo de inmigrantes italianos, pero nacido en Suiza, cuando Trump con el convencimiento de que su amigo de uña mugre iba a ser convencido en medio de otro partido del mundial: el calor, el que jugaba sin equipo en la gran mayoría de los estadios y ciudades de la Copa. Tampoco era para engañarnos y decirnos que por eso se recurrió a la “pausa de hidratación”, una por cada tiempo del juego. Esa era otra jugada del “crac” que dirige el equipo invisible del máximo organismo del fútbol.

Un putt de Trump con tarjeta colorá.

Pausa que quisieron vendérsela al mundo como un sofisma de distracción. El jefe de la Copa Mundo y sus asesores financieros y publicistas pensaron meter a los televidentes y demás, el mejor gol del Mundial, un gol de factura y facturado, pero cortando el gran futbol con publicidad de alta gama o marketing, que podría dejar un conflicto, a cualquier televidente en un estado emocional por adquirir lo ofrecido.

Por eso, en estos encuentros de futbolerías mundialistas las publicidades van y vienen; y el balón, orgulloso en el tapete verde y como recordando versos de Federico García de Lorca: “Verde que te quiero verde”, va y viene. Y el dueño de las llaves de las arcas de la FIFA, viéndose todos los partidos del Mundial, mudándose de estadio, de ciudad, de país; o de otro modo: pareciera que estuviera favorecido con el don de la ubicuidad. Y, si la imaginación nos diera licencia para pensar, podríamos concluir que al hombre le ponen un avión en las afueras de cada estadio. Como parquear, en cualquier domingo, un automóvil en las afueras de la cancha La Castellana del barrio Pescaíto; y de ahí, salir a recorrer otros campos de Santa Marta para ver jugar fútbol a los niños.

Personalmente confieso que me encanta el fútbol, pero el fútbol como arte, el mágico, el del entretenimiento, el fútbol comunicativo con sus pases de fantasía, el guerrero sin ser violento, el fútbol de las buenas alineaciones y no de las alienaciones, cuando el aficionado y/o las comunidades se portan de espaldas a los acontecimientos de su aldea y del mundo.

Sí, “… ellos se juntan”. Pero USA no pasó a cuartos de final.

La idea es que, el fútbol no aliene, y en estos tiempos de balompié mundial analizar que el fútbol se ha convertido, totalmente, en una mercancía, en un aparato corrupto, disimulado con jugadores en las canchas; ellos, vendiendo también, su ventana comercial, exhibiendo las marcas de sus guayos, el corte de su pelo y hasta cintillos con logos publicitarios.

A la FIFA, con Infantino a la cabeza, la han desnudado completamente a nivel económico. Solo en cada mundial recibe ingresos como decir, el oro de todo el mundo. Criticada con dureza en esta versión 2026, por lo costoso de los boletos, y sobre todo por la publicidad televisa, cortando en cada tiempo la energía del partido. La FIFA no perdona un anuncio en ningún estadio del universo. Al parecer, Gianni Infantino entre más plata tiene, más plata quiere. Aunque no puede ocultar su parcialidad con los ches. Desde que comenzó a dirigir el organismo (febrero 2016) se le ha notado una sonrisa albiceleste. Y hasta declaró públicamente, que sufrió demasiado en el encuentro de su selección preferida, contra Egipto.

Gianni Infantino, amo y señor de la FIFA. “Esta copa tiene dueña”. ¿Qué de credibilidad?

La FIFA, no solo es corrupción, deshonestidad, parcialidad descarada hacia una selección de un país del Río de la Plata. Frustrando sin ética decisiones arbitrales, o amañando decisiones arbitrales con jueces sin ética.

Además, la FIFA, con su aliado estadounidense no tiene ética ni moral. Infantino y su “socio” perdieron mucha más credibilidad a través de este mundial. Enemigos acérrimos de las selecciones africanas. Le demostraron odio, y hasta en cierta forma, miedo. Así no se puede competir en un Mundial de Fútbol: utilizando la política, la influencia personal, la parcialidad, el poder hegemónico, la corrupción y hasta el descaro mediático.

Smarta, 15 de julio 2026.

*Exjugador de futbol. Selección Argentina 1982 – 1986. Escritor, comentarista y conferencista en temas de fútbol.