Entre recuerdos familiares, cementerio soledeño y travesuras adolescentes, una evocación del “Día de los fieles difuntos” descubre cómo la muerte también puede ser escenario de encuentros, picardías y esta mini-crónica.

Esos 2 de noviembre, entre
calles y carreras mortuorias

Por José Orellano
En aquellos entonces, el 2 de noviembre también tenía especial connotación para los angelitos del primero y los creciditos dentro del discurrir de la vida soledeña.
En tal fecha —un día como hoy—, la solemnidad reinaba en nuestra estancia por la niñez, que, cuando comenzábamos a asomarnos a la pubertad rumbo a la adolescencia, ya era otro el cantar, sin perturbar.

Mamá, muy soledeña, tenía algunos finados que visitar el “Día de los Muertos”, pero le dolía intensamente que en el cementerio viejo de Soledad no reposaran los restos mortales de papá Ramón, el abuelo desaparecido una noche del 31 de octubre en aguas del río grande de la patria. Una desaparición que no dejó de tejer historias sin sustento: que estaba vivo, que lo habían visto por Girardot. Recuerdo que eso nos decían.
Papá, que era natural de Galapa, también tenía sus difuntos que visitar y la familia entera acudía por un rato largo al camposanto del pueblo —con el tiempo serían dos: el “Viejo” y el “Nuevo”— para hablarles a sus muertos, contarles sus cuitas y rezar por ellos, siempre con la intención de que, mediante sus oraciones, alcanzaran la felicidad del descanso eterno, allá en la vida eterna.
Cuando el crecimiento nos llevó a colgar el pantalón corto, la solemnidad por el dos de noviembre dentro de la necrópolis soledeña fue diluyéndose. Las visitas al cementerio ya adquirían otra dimensión. Nos agradaba ir ese día a dar vueltas y más vueltas entre calles y carreras mortuorias para mirar chicas.
Era una estación de encuentros dentro de la pequeña ciudad de los finados —entre tumbas, velas, flores y una relativa penumbra— con la posibilidad de hacer amigas vivas y, de pronto, alguna noviecita, el romance juvenil. Era un placer, de seis a nueve de la noche, hora en que se nos vencía el tiempo de estar “callejeando”, como nos decían. Esa era la hora de volver a casa, juiciosos.

Así transcurrieron otros tantos años, ya en plena adolescencia. Durante ese tiempo, alguna vez, pegándonos al trabajo de un fugaz cuñado, quisimos ganarnos unos pesos dibujando nombres de difuntos y fechas en el frente de algunas tumbas sin lápidas onerosas. Fue un desastre total. Mi caligrafía nunca fue bella. Lo que garabateé tuvo que ser borrado con “una mano de cal” por el experto, quien hizo la marcación correspondiente de manera correcta y bonita. Eso sí, por la sola intención obtuve alguna platica para ir a cine el domingo siguiente.
Hasta que cumplimos 21 años —a pocos días de convertirnos en ciudadanos colombianos y de ir con papá a la Registraduría a “sacar” nuestra primera cédula, con rostro irreconocible—, persistió nuestra acostumbrada celebración del “Día de los fieles difuntos”, conmemoración en la cual, según la denominación santoral de la fecha, no caben los infieles, los “siete mujeres”. “Día de los fieles difuntos” que, además, es llamado “Día de las ánimas”, umbral del “Mes de las ánimas”, cargado de cuentos y leyendas.
Pues bien, en mi caso, ya me asomaba a las puertas del periodismo. Y el impacto del “Día de los muertos” había cambiado para mí: ahora pasaba a ser tema de crónicas: las mamás —desvencijadas mamás— de esta mini de este dos de noviembre de este dos mil veintiséis.
MENSAJES
“El día de los angelitos” y…
De Álvaro Barceló: Buen día José. Excelente, como todas tus historias. Fuerte abrazo de Ángeles Somos.
De Siervo Mora Monroy: Relato evocador de un pasado fabuloso en su amada y bien recordada Soledad. Lástima que una nube negra se interpuso por el naufragio del abuelo, y sin haberlo encontrado, mayor pesadumbre. La alegría y el dolor conviven en nuestro existir. Excelente texto literario.

De Edgardo Caballero: Los recuerdos siempre aparecen, por las fechas y celebraciones. “El día de los angelitos”, “El día de todos los santos”, primero de noviembre: desde bien temprano, nos reuníamos los niños de la cuadra para pedir los angelitos, y así recogíamos dulces, caña de azúcar, frutas, y todo lo que nos daban. Normalmente pedíamos dulces hasta las 12 del mediodía y regresábamos a casa, mojosos y asoleados… Era una época donde en “La arenosa” brillaba por su ausencia el pavimento. Era una ciudad más fresca y con mucho matarratón y mangos en las calles… ¡Qué bonito es recordar!
Y desde este día, nos preparamos para el día siguiente: la cita con los difuntos familiares en el cementerio Universal de la calle Murillo, acompañando a mi vieja a la cita anual con sus difuntos en el campo santo… Mientras, yo hacía bolas de vela, con las que se derretían en los frentes de las bóvedas y nichos… Era un gentío impresionante, un mar de gente en ese encuentro de cada año con los recuerdos entre humanos que ya descansaban en la paz del señor.

